jueves, 20 de octubre de 2011
Noches de saxo
Era una noche fría y oscura, el Pilar aún resplandecía entre los focos. Un tímido saxofón sonaba por los altavoces de aquel deshabitado coche. Un puente empedrado daba la entrada a la calle de donde no sabe cómo saldría, ni libre, ni ocupado, solo sabe que saldría, vaya que si lo sabe.
So long, Marianne
Me encanta conducir de noche, parece que la ciudad se abre de piernas para ti. Te enseña todos sus secretos, sus trapos sucios, sin temor a lo que pueda decir nadie. Desde el rincón más íntimo, hasta la avenida más pública y transitada. Todo, todo está desolado, solo cuatro gatos intentando descubir las entrañas de esta ciudad inmortal. Prostituta de lujo a precio de poligonera.
Pero no todo es del color de las farolas, ese amarillento esplendor, no solo son coches los que deambulan por estas calles. Por las noches te encuentras todo tipo de personas que no encajan bien en una sociedad hecha para vivir de día, yonkis paseando con la cabeza alta, putas vestidas de raso que te miran con ojos golosos, algún vagabundo que no ha encontrado su cajero ideal. De vez en cuando te encuentras algún despistado que no ha mirado el reloj, pero son los menos.
Son las 23:00, según mi muñeca, el chico me alza la mano, abre la puerta y, como buen caballero, deja entrar a la dama antes. Dama de ojos negros y brillantes, descoloridos por algún sollozo ocasional o provocado. En un terrible ingés, mezclado con palabras en castizo castellano, el caballero hasta ahora mencionado empieza a darle razones a una tal Marianne por las que no van a continuar su relación, "demasiado lejos", repite una y otra vez, unas veces en inglés, otra en castellano, intentando mirarle a los ojos, aunque ella lo esquiva, no deja de mirar por la ventana, mientras su cielo particular se le va cayendo encima.
Parece una eternidad desde que aquella pareja entró al diván, tan solo cinco minutos nos separaban del encuentro, desafortunado en este caso. Todo seguía igual, media ciudad recorrida, lágrimas, y una conversación que no llevaría a buen puerto. Mirando al espejo mientras se explicaban uno y otro, como si de una obra de teatro se tratase, escrita y dirigida para ese momento, en ese lugar, y yo como espectador, de una de tantos momentos no alegres vividos. Todo se termina, como este recorrido, el chico abre la puerta, me tiende el dinero con un "quédese con el cambio, gracias". Le da un beso en la frente a ella mientras se despide diciendo "so long, Marianne".
Hasta la vista.
Pero no todo es del color de las farolas, ese amarillento esplendor, no solo son coches los que deambulan por estas calles. Por las noches te encuentras todo tipo de personas que no encajan bien en una sociedad hecha para vivir de día, yonkis paseando con la cabeza alta, putas vestidas de raso que te miran con ojos golosos, algún vagabundo que no ha encontrado su cajero ideal. De vez en cuando te encuentras algún despistado que no ha mirado el reloj, pero son los menos.
Son las 23:00, según mi muñeca, el chico me alza la mano, abre la puerta y, como buen caballero, deja entrar a la dama antes. Dama de ojos negros y brillantes, descoloridos por algún sollozo ocasional o provocado. En un terrible ingés, mezclado con palabras en castizo castellano, el caballero hasta ahora mencionado empieza a darle razones a una tal Marianne por las que no van a continuar su relación, "demasiado lejos", repite una y otra vez, unas veces en inglés, otra en castellano, intentando mirarle a los ojos, aunque ella lo esquiva, no deja de mirar por la ventana, mientras su cielo particular se le va cayendo encima.
Parece una eternidad desde que aquella pareja entró al diván, tan solo cinco minutos nos separaban del encuentro, desafortunado en este caso. Todo seguía igual, media ciudad recorrida, lágrimas, y una conversación que no llevaría a buen puerto. Mirando al espejo mientras se explicaban uno y otro, como si de una obra de teatro se tratase, escrita y dirigida para ese momento, en ese lugar, y yo como espectador, de una de tantos momentos no alegres vividos. Todo se termina, como este recorrido, el chico abre la puerta, me tiende el dinero con un "quédese con el cambio, gracias". Le da un beso en la frente a ella mientras se despide diciendo "so long, Marianne".
Hasta la vista.
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